El día de la muy santa festividad del apóstol Santiago
brilla hoy de nuevo para nuestra veneración, y en él debemos inmolar a Dios
con votos e himnos un sacrificio de alabanza para que el piadoso dispensador
de la indulgencia nos conceda el perdón, como dio el Apóstol la palma de su
vida. Porque fue Santiago, como afirma la narración
evangélica, hijo de Zebedeo, hermano de Juan
el Evangelista, gala de los hispanos, abogado de los gallegos, santo
en la vida, magnífico en la virtud, ardiente en la caridad, hermoso en sus
obras, luminoso en sus palabras. La divina providencia, no sólo le consagró
en el seno de su madre, sino que le eligió antes de la creación del mundo
para por medio de él mostrarle la luz de la verdad y para pastor de piedad
del pueblo español. Muy digno de veneración es Santiago,
que teniendo la primacía en el ilustre colegio de los apóstoles mereció ser
el primero de ellos en recibir la corona del martirio y subir a los cielos
y el primero en poseer el cetro de la victoria, la corona de la gloria y asiento
en el paraíso celestial. San Lucas, en los Hechos
de los Apóstoles, no dice que ninguno de ellos muriese antes que
Santiago; pero además se lee que vivían los otros
después de ser contada su pasión. Por eso hay que pensar que en el coro apostólico
se sienta el primero, laureado por su martirio. Porque Cristo nuestro Señor,
que reparte sus dones dando a cada cual lo que quiere, y que concedió a San
Esteban protomártir el principado del coro de los mártires en el cielo
y puso a San Pedro como príncipe de los apóstoles
en la tierra en premio de su fe, también a su amado Santiago
le ha dado la primacía de los apóstoles en los cielos por el primer triunfo
de su martirio. Y por eso está tanto más próximo a El, honrado sobre los otros
en la gloria, en cuanto fue su imitador antes que los demás apóstoles en la
pasión. De esta pasión mandamos celebrar la sacrosanta solemnidad el
día 25 de julio, con vigilia y ayuno y octava, a todas las iglesias,
no sólo de Galicia, y también la festividad de sus milagros el 3 de octubre,
cómo resucitó a un hombre que se había suicidado e hizo los demás, mandamos
a todos los obispos en sus sínodos y a los presbíteros en sus iglesias anunciar
esto así de viva voz. Y no menos ordenamos que todo el pueblo se reúna en
la iglesia con todo el clero, descansando de trabajos materiales, y pase dichos
días en alabanzas a Cristo, con repiques de campana, con tapices, colgaduras
y paños desplegados por la basílica; con cánticos repetidos como en las fiestas
es costumbre para festejar tan santas solemnidades. Y si alguna basílica en
algún lugar estuviera por acaso en entredicho, en nombre del Señor y del apóstol
la absolvemos por esos días para que en ella se celebre solemnemente con gran
júbilo el oficio divino con maitines y horas propias para todos los que vayan
a oírlo. Para quienes así festejen estas solemnidades habrá premios y tormentos
para los que se nieguen. Con razón deben, por tanto, celebrar así sus fiestas
los que esperan sus beneficios, como festejan el día de los apóstoles San
Pedro y San Pablo. Cante, pues, al Señor
jubilosa la corte celestial himnos de alabanza; alégrese la tierra con celeste
gozo en esta sacra festividad del excelso apóstol de Cristo Santiago;
felicítese la Iglesia de los fieles, honrada con sus virtudes; entone a Dios
gozosas loas la mente humana, iluminada con su patrocinio. Sin duda es bueno
que nosotros con toda devoción alabemos en la tierra a quien los ángeles honran
en los cielos. Porque si todos los miembros de mi cuerpo se tornaran lenguas
y cantaran con voz humana, no alabaría lo bastante a Santiago,
grande en Cristo. Pues ¿qué alabanzas diré de aquel que así que oyó la voz
del Señor junto al mar de Galilea le siguió dejando todo? ¿Quién más santo
que aquel que, constante en la fe, entregó por Cristo su cuerpo a los suplicios
de la pasión, venciendo a Herodes? ¿Quién podría
pregonar dignamente las glorias del que mereció ver al Hijo de Dios transfigurado
en la claridad del Padre? "Bienaventurados –dice el
Señor- los ojos que ven lo que veis, vosotros". ¿O qué alabanzas ha
de darle en la tierra la falange de los fieles a quien Dios le concedió la
primacía entre los apóstoles en los cielos? Porque así como el que entrando
en un campo rebosante de variadas flores ve de golpe esta variedad y pasea
de un lado a otro su mirada sin saber qué flores le conviene tomar y cuáles
dejar, así yo ahora, al entrar en el prado de las virtudes y milagros del
gran apóstol Santiago, dudo por dónde he de empezar
a hablar; siento deseos de ir recogiendo las flores de sus hechos, mas como
forman un mar inmenso, no me es posible reunirlas en breve espacio. Porque
cuando miro las excelsas obras que realizó con otros discípulos antes de la
ascensión del Señor, presente Este, y la predilección en que le tuvo, me asombro.
Y cuando examino las maravillas que después de la venida del Espíritu Santo.
Paráclito obró por la divina gracia antes de
su pasión, me espanto. Pero cuando en el interior de mi corazón rememoro los
innumerables e incomprensibles milagros que desde el día de la muerte hasta
hoy, no sólo en Galicia, sino en todos los pueblos que invocan su nombre,
ha llevado a cabo por obra de Dios y aun solamente los que yo he visto con
mis ojos, me quedo por completo estupefacto. Mas como la autoridad de los
evangelistas me mueve a decir primero lo que acerca de él se contiene en los
Evangelios, esto explanaré con mis palabras.
Veneremos todos en el Señor a Santiago, el hijo
de Zebedeo, patrón de Galicia, que mereció ser
venerado por nuestro Señor Jesucristo sobre todos los apóstoles y tiene el
tercer lugar en la vocación y elección. Pues por la elección, según San
Mateo, tiene el tercer lugar, ya que pasando nuestro Salvador por junto
al mar de Galilea llamó primero a Pedro y a Andrés,
y habiendo avanzado un poco "vio a otros dos hermanos,
Santiago el de Zebedeo y Juan, con su padre, Zebedeo, que remendaban sus redes,
y les llamó diciendo: Venid, seguidme y os haré pescadores de hombres".
¡Oh admirable clemencia la del Redentor! De ignorantes hizo doctores, de perversos
buenos, de necios sabios, de pescadores predicadores excelentes. ¡Oh gran
misterio del Salvador! ¡Oh maravilloso premio, por el que pescadores de peces
merecieron ser hechos pescadores de almas! Porque como Santiago
y Juan fueron pescados por Jesús, ellos a su
vez nos pescan con su predicación en la red de la fe. Los mismos apóstoles
que fueron pescados por el Salvador nos han pescado a nosotros, sacándonos
de las aguas saladas donde están las cabezas del dragón. Porque estos pescadores
los había prometido ya a los pueblos rodeados de peligros en el mar de este
mundo, el Restaurador del género humano antes de la encarnación de su Hijo,
diciendo por el profeta Jeremías: "Yo
os mandaré muchos pescadores". Con razón el Hijo llamó así y mandó
pescar almas a los que el Padre había ya elegido. Felices, pues, los apóstoles
que seguían a tan gran Maestro en persona; felices los que podían lucir en
presencia del sol; felices aquellos a quienes fue dicho: "Seguidme",
y dejando al instante a su padre y las redes y la barca, siguieron al Salvador.
Y siguen al Señor, no sólo con los pasos de sus pies, sino con la imitación
de las buenas obras. Luego con justicia le alcanzan quienes le siguen con
los pasos de sus pies y con la imitación de los buenos actos. La verdadera
fe no conoce el afecto de las cosas temporales, no conoce la consanguinidad,
ignora al padre y a la madre, niega toda causa de recusación. Al fin está
escrito en la antigua Ley: "El que ha dicho a su padre
y a su madre: "No te conozco", y a sus hermanos: "No sé quiénes
sois", éstos han guardado mi palabra y han observado mi pacto",
dice el Señor. Estos hermanos que vemos, por la gracia de Cristo dicen al
padre, dicen a la madre, dicen a los hermanos, hermanas, hijos, amigos y a
todos sus afectos: "No os conocemos. ¿Queréis que sepamos
quiénes sois? Creed en nuestro Padre y empezaremos a teneros por hermanos
de Padre. No conocemos al padre, no conocemos a la madre. Porque uno es el
Padre que nos ha creado a todos. Nosotros conocemos al Padre. ¿Queréis que
también os conozcamos a vosotros? Conoced también vosotros al verdadero Padre
para que seamos todos hermanos".
Felices, pues, los apóstoles y felices también según el mundo. Porque Santiago
y Juan, si no hubieran despreciado a sus padres,
su nombre no sería hoy honrado como lo es. Si no los hubiesen despreciado
no resonarían hoy ellos en tantas iglesias por el mundo. Si no hubieran despreciado
a sus padres yo no los conocería como maestros. Si no hubieran dejado a su
padre Santiago y Juan,
yo no me dignaría tenerlos por hermanos. Pero dejaron cosas pequeñas y las
hallaron grandes. Dejaron a un padre terrenal y le hallaron celestial, en
el que vinieron a ser padres de todos los creyentes. Despreciaron la potestad
de un padre de la tierra, pero recibieron la potestad de atar y desatar. Despreciaron
una herencia terrena, pero se hicieron herederos de los cielos. Dejaron su
casa en una aldea, mas fueron príncipes de las iglesias en todo el orbe. Despreciaron
a sus conocidos y allegados, pero se crearon en todo el mundo hermanos e hijos.
Abandonaron todo lo terrenal y encontraron todo lo celestial. Si, pues, dejaron
todo y nada retuvieron para sí, ¿qué será de nosotros, que poseemos todo y
dejamos tan poco?. Y hasta poseemos con el deseo lo que no tenemos como lo
que tenemos. Porque Santiago y Juan,
si no hubieran despreciado lo carnal no tendrían lo espiritual. Y asimismo
nosotros no poseeremos en modo alguno los bienes celestiales si no abandonamos
los carnales. Dejaron todas sus cosas y hallaron todas las prosperidades.
Y aun en lo temporal nada les faltó, porque tenían con ellos al Dispensador
de todos los bienes. Así, pues, nada faltará a los que dejaren todo si tienen
a Dios consigo. Y lo atestigua El mismo, que preguntó así a sus discípulos:
"Cuando os envié sin alforjas, ni bolsa, ni calzado,
¿qué os faltó?", y dijeron ellos: "Nada".
Y en otra parte dijo: "Buscad primero el reino de Dios
y todas estas cosas se os darán por añadidura". Porque el mismo Señor
hizo todas las cosas, suyo es el mundo y El creó todo. Quien le tiene a El
tiene también sus cosas. A quien tiene tan gran tesoro nada le falta. "Espera
en el Señor –como dice el Salmista- y haz bien, y habita la tierra y serás
alimentado con sus divinos manjares". Y en otro lugar: "Echa
el cuidado de ti sobre el Señor y El te sustentará". Nada inquiete,
pues, al cristiano ni piense en el día de mañana. "Porque
a cada día le basta su afán". Alabemos, por tanto, al Señor y Salvador
nuestro que eligió del mundo a los hermanos Santiago
y Juan y los hace gozar en su reino. Esta es
la verdadera hermandad que no pudo sufrir violencia entre las mudanzas del
mundo, sino que abandonándolo todo se apresura a seguir las dichosas huellas
del Redentor. Despreciando los bienes terrenales llegaron al reino celestial.
Fueron hermanos en la tierra y hermanos son en los cielos; hermanos por el
padre terrenal y hermanos en el Padre celestial. Son verdaderamente hermanos
éstos a quienes eligió el Señor "en caridad sincera"
y les concedió el reino celestial, porque por sus enseñanzas brilla
la Iglesia como el sol y la luna. Resplandece como el sol en los contemplativos;
como la luna, en los activos. Dos son también los luminares de la morada del
cielo y dos los candelabros ardientes ante el Señor, cuya luz jamás se extinguirá
por los siglos. El uno, sin duda, empurpurado por el martirio; el otro, en
cambio, con la blancura de la confesión. Porque "a los
que el Señor llamó, a ésos los justificó, y a los que justificó, a ésos los
magnificó". Y los magnificó por cierto en las cosas celestiales, porque
"demasiado son honrados tus amigos, ¡oh, Dios!".
Así, pues, a este Santiago y a Juan,
su hermano, cuando el Redentor en el monte imponía a sus discípulos los nombres
más apropiados, según cuenta San Marcos, "los
llamó Boanerges, lo cual es hijos del trueno". Porque como los ruidos
del trueno resuenan en la tierra y la hacen retemblar, así resonó y se estremeció
el mundo entero con sus voces cuando ellos "predicaron
por todas partes con ayuda del Señor, que corroboraba sus palabras con las
señales consiguientes". A este Santiago otorgó el Señor tanta gracia
que le hizo ver su venerando cuerpo transfigurado en la gloria del Padre sobre
el monte Tabor. Porque Santiago, amado del Señor,
siendo con él testigos Pedro y Juan,
contempló el rostro de Aquél resplandeciente como el sol y sus ropas brillantes
como la nieve, y oyó al Padre que con El hablaba y que decía: "Este
es mi Hijo muy amado, en quien tengo mi complacencia: escuchadle".
Y vio con El hablando a dos profetas, Moisés
y Elías, de los que el uno había muerto muchos
siglos antes y el otro había sido arrebatado al cielo. Y, ¡oh maravilla!,
aparecieron vivos los que ya se contaban entre los muertos. La transfiguración
de nuestro Salvador representa simbólicamente la futura resurrección y la
vida eterna. La faz del Señor, que resplandeció como el sol, significa la
gloria incomparable de los santos y la incalculable alegría que en el último
día han de recibir. Por lo cual dice la Escritura: "Los
justos brillarán como el sol en el reino de su Padre". Su vestido,
que brilló como la nieve, simboliza la inmortalidad de nuestro cuerpo, que
hemos de recibir en la resurrección. Por eso dice San
Pablo: "Es preciso que esto corruptible se revista
de incorrupción y este ser mortal se revista de inmortalidad". La Ley
antigua está expresada por Moisés y la profecía
por Elías, y por los tres discípulos la nueva
gracia que se tiene por la fe en la Trinidad. Así, pues, entre dos profetas
y tres discípulos quiso nuestro clementísimo Redentor aparecer transfigurado
como el sol esplendoroso, a fin de que la vieja Ley y la profecía y el Evangelio
diesen testimonio en el mundo de su divinidad verdadera y de su humanidad
asumida: para que "en la voz de dos o tres testigos
se apoyase todo el Verbo", es decir, el que "se
hizo carne y habitó entre nosotros". De Este dan también testimonio
todos los profetas. El Tabor, que se traduce por luz que viene, o sea el monte
al que llevó el Señor desde el valle a sus discípulos, alude al propio Unigénito
de Dios, luz eterna que ha de venir al tiempo del juicio y que llevará a sus
elegidos de la corrupción a la incorrupción, de la mortalidad a la inmortalidad,
de lo más bajo a la excelsitud de los cielos, y hará que se regocijen en la
futura resurrección con la claridad de su rostro: la que Santiago
vio simbólicamente en el mismo monte. ¡Oh qué felices los ojos que vieron
al Redentor de todos los santos transformado en el esplendor del Padre! ¡Oh
merecimiento sublime el de los tres a quienes tocó ver en el mundo lo que
al mundo no es dado! ¡Oh vaticinio de Isaías:
"No se ofuscarán los ojos e los que verán al Señor"!.
Sépase además que en aquel monte y lugar donde el Señor se transfiguró edificó
el pueblo fiel, al crecer la religión cristiana, una basílica de admirable
fábrica con el nombre del Salvador y en memoria de aquella transfiguración,
y puso en ella observantes de la regla monástica(1).
Cuentan también los habitantes del mismo que tanto resplandor lució el día
de la transfiguración sobre el monte que una piedra que antes era negra apareció
blanca como el alabastro hasta el día de hoy. Y de esta piedra los que viven
en el lugar hacen con limas de hierro crucecitas que reciben de ellos los
peregrinos al visitar aquellos sacrosantos lugares y en testimonio de la transfiguración
del Señor se las llevan cuidadosamente colgadas del cuello al regresar a su
patria. Y cuanta más piedra se corta para este menester tanta más se dice
que aumenta al cabo del año. Muchos sanan untándose con vino puro en que se
haya hervido una cruz de esta piedra. Feliz en extremo y grato a Dios Santiago,
y aun de toda alabanza dignísimo, a quien el Padre celestial quiso mostrarle
al Salvador del mundo, mortal todavía, transfigurado en la divinidad del Padre,
lo cual no pudo ver jamás profeta o patriarca.
Feliz el que mereció ver al Cristo prometido.
Por eso mereció ser muy distinguido entre los otros por el Señor con el favor
de un amor especial. Pues cuando nuestro eterno Amador, Redentor piadosísimo
y Salvador resucitó a la hija del jefe de la sinagoga, no permitió que nadie
le siguiera dentro de la casa, según San Marcos,
para ver el milagro, fuera de este Santiago y
otros dos discípulos. Porque El, que supo llevar consigo a los buenos al descanso
eterno y apartar de sí a los ingratos, se dignó también mostrar este milagro
a su querido amigo. ¡Oh gracia inefable del Salvador! ¡Oh veneranda actuación
suya! Por ella el Artífice del mundo hizo ver restaurado a Santiago
un vaso roto ya por una doble muerte. Además este Santiago,
juntamente con su hermano Juan, pidió al Señor,
cosa admirable, aquel don excelentísimo que ninguno de los otros discípulos
o profetas antes o después se atrevió a pedir, como dice San
Mateo, pues se acercó a Jesús la madre de los hijos del Zebedeo
con sus hijos Santiago y Juan
y postrándose pidió que pudieran sentarse en su gloria uno a su derecha y
otro a su izquierda. Y ha de saberse que los hijos del Zebedeo
recibieron la dignidad de sentarse junto a Cristo, más no con la diferencia
que pedía la madre, que el uno se sentase a su izquierda en su reino y el
otro a su derecha, porque está dicho que nadie ha de sentarse a la izquierda
en el reino celestial cuando se lee que en el juicio final todos los elegidos
han de ponerse a la diestra de Cristo. Además parece imposible que esté sentado
alguien entre el Padre y el Hijo, ya que el Hijo lo está a la diestra del
Padre y el Padre a la izquierda del Hijo. Así lo afirma San
Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles,
diciendo: "Y el Señor, Jesús, después que habló a sus
discípulos, fue levantado al cielo y está sentado a la diestra de Dios".
Y esto mismo atestigua San Esteban, que dice:
"Estoy viendo los cielos abiertos y a Jesús en pie a
la diestra de Dios". Pero si quieren entenderse en sentido místico
la izquierda y la derecha de Cristo, es seguro que ellos se sentaron a su
izquierda y a su derecha, pues por el asiento a la izquierda de Cristo se
entiende místicamente en este pasaje la vida presente y por el asiento a su
derecha la vida eterna. Porque así está escrito: "Lleva
la longevidad en su diestra y en su izquierda la riqueza y los honores".
En el asiento de la izquierda de Cristo está sentado todo el que en la vida
presente desea dirigir dignamente al pueblo fiel. En el asiento de su derecha
está sentado todo el que tiene un lugar de reposo en la vida eterna. Por tanto,
los hijos de Zebedeo, Santiago
y Juan estuvieron ambos sentados temporalmente
a la izquierda de Cristo, cuando en la vida presente dirigieron con apostólico
gobierno a las gentes fieles; es decir, en el reino de la Santa Iglesia, de
la cual dijo la misma Verdad: "El reino de Dios está
dentro de vosotros". Pues por el reino de Dios se entiende la Iglesia,
como en otra parte se dice por el mismo Hijo de Dios: "Enviará
el Hijo del hombre a sus ángeles y recogerán de su reino todos los escándalos".
Y a la diestra de Cristo, o sea en la eterna bienaventuranza, están ahora
sentados Santiago y Juan
probadamente, contemplando con los demás apóstoles la deseada faz del Señor,
de donde se dice que vendrán el último día con El como jueces de todas las
generaciones.
Mas, una vez que hemos dicho de qué manera se han sentado a la izquierda y
a la derecha de Cristo, veamos qué significa su madre, qué los mismos hijos
y qué Zebedeo. Místicamente, esta madre venerable
representa a la Iglesia presente, que por el agua santa de la regeneración
vino a ser madre de dos hijos, o sea de dos pueblos, de los judíos y de los
paganos, por los que acercándose al Señor rogó en un salmo diciendo:
"Desde el cabo de la tierra clamé a Ti: cuando mi corazón se angustiaba a
una peña me exaltaste". Del pueblo judaico vino a ser madre la Iglesia,
porque muchos vinieron de él a la fe cristiana en otro tiempo, y entre ellos
Pablo, que tiene asiento a la izquierda de Cristo,
por dirigir al pueblo fiel pasado, presente y futuro con las enseñanzas de
sus epístolas. Es madre la Iglesia del pueblo pagano porque muchos de él se
convirtieron en otro tiempo a la fe del Señor por el bautismo, entre ellos
Cornelio y otros. Por tanto, para estos hijos
impetró de Cristo la Santa Madre Iglesia asiento a su izquierda, puesto que
de ellos se instituyó obispos y sacerdotes para dirigir al pueblo fiel en
la vida presente. Y también impetró asiento para ellos a la diestra del Señor,
porque a los hijos que regeneró por la gracia del bautismo los hace ahora
sentarse en la celestial bienaventuranza por la constancia de su fe y sus
buenas obras. Su esposo es Zebedeo, que se traduce
por hostia del Señor o bien el que abandona al diablo fugitivo. Y en este
lugar simboliza al Esposo de la Iglesia, que se ofreció a sí mismo a Dios
Padre como hostia viva en el ara de la cruz por nuestras culpas, y que también
abandonó al diablo fugitivo y soberbio cuando le alejó de la comunidad de
los ángeles buenos y cuando apareciendo en carne le echó del mundo diciendo:
"Ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera".
Mas Zebedeo, cuando se toma en mal sentido, se
interpreta como el diablo fugitivo que abandona; pero cuando se toma en el
bueno, como en este pasaje, cambiando la interpretación se traduce por el
que abandona al diablo fugitivo. Hijo de este esposo es Juan,
que significa gracia de Dios y representa figurativamente
a los que conservan la gracia recibida en el bautismo hasta el fin de su vida
por sus buenas obras. En los cuales es además la gracia de Dios tan abundante
que no sólo se elevan a sí mismos a la mansión celestial, sino que también
inflaman a otros aconsejando y obrando bien. De este esposo es también hijo
Santiago el Mayor, que significa suplantador
y consolador. Pues Iacob
es suplantador y us, con aspiración hus,
se traduce por consolador. Y muy bien es Santiago
suplantador y consolador,
porque a los que un día con su predicación arrancó de los vicios, con el consuelo
del Espíritu Santo los confirmó en la fe de Cristo por la imposición de sus
manos. Mas ahora, a quienes devotos le invocan de todo corazón con sus ruegos
y auxilios ante Dios, suele arrancarlos de los males. Y a los que aleja de
los vicios los corrobora en las santas virtudes por medio del mismo consuelo
del Espíritu Santo. Y así como el labrador o el hortelano arranca de su huerto
las hierbas inútiles y planta las buenas, lo mismo Santiago,
labrador de Cristo, cortó en un tiempo con su predicación del campo de la
Santa Iglesia los espinos y zarzas de los vicios, sembrando las rosas y azucenas
de las virtudes, así representa simbólicamente a los que con penitencia y
buen obrar suplantan los pecados de la carne. Pero ha de tenerse en cuenta
que todos los que desean el reino de Dios han de tener necesariamente a estos
hijos de Zebedeo. Porque si cada uno de nosotros
no tuviere consigo a estos dos hermanos, de ningún modo poseerá el reino de
Dios. Pues si no tuviéramos la gracia e Dios suplantáramos nuestros vicios,
no tendremos en modo alguno la vida perdurable. Permaneciendo en nosotros
la gracia de Dios tendremos a Juan, suplantando
los vicios de la carne tendremos a Santiago.
En estos dos hermanos están, por tanto, representados todos los santos que
existieron desde el principio del mundo hasta el día de hoy. Todos tuvieron
la gracia de Dios, todos suplantaron los pecados de su carne, mas se verá
que antes nos conviene tener a Santiago y después
a Juan. Pues si antes no suplantamos en nosotros
los vicios, nunca tendremos la gracia de Dios, y Salomón
lo dice: "Porque el Espíritu Santo de la disciplina
huirá del engaño". Antes, pues, debemos suplantar las culpas de la
carne para que merezcamos poseer la gracia de Dios. Porque primero Santiago,
con su suplantación, limpia los templos de nuestros corazones y después Juan
los engalana con la gracia divina. Pidamos que Santiago
limpie ahora el templo de nuestro corazón para que habite en él la gracia
de Dios. Si está, pues, escrito que Juan fue
más amado del Señor que los demás y si se le sabe extraño al pecado de la
carne y a la persecución de la espada, esto significa que la vida contemplativa
es amada por el Señor y ajena a la corrupción de la carne y tranquila entre
las adversidades. Y si lee que Santiago fue suplantador
de los vicios y laureado con el martirio, esto indica que la vida activa debe
suplantar los vicios, apartándolos de sí, y soportar las adversidades de la
vida presente para que pueda ser coronada juntamente con la contemplación.
Porque la vida activa se emplea unas veces en la paz y otras en la adversidad,
pero la vida contemplativa se halla en la paz más que aquélla. Esto es lo
que afirma el Señor cuando le habla a Marta,
que se afanaba por servirle, y aludiendo a la vida activa le dice: "Marta,
Marta, te inquietas y te apuras por muchas cosas". Y unas palabras
después dijo, indicando la vida contemplativa: "María
ha escogido para sí la mejor parte, que no le será arrebatada". En
esta parte, pues, escogida y deseada merezcamos también gozar nosotros, a
fin de que en unión de Santiago, cuya votiva
festividad celebramos, podamos disfrutar en los reinos celestiales con el
auxilio de nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo
vive y reina Dios por los siglos infinitos de los siglos. Amén.
(1) |
En el
s. VI había tres iglesias y en el IX cuatro y obispos. Con la
primera cruzada se estableció una abadía benedictina y
degollados los monjes por los turcos en 1113, una nueva colonia benedictina
hasta 1187 que fué abandonado.
|