Después de la pasión de Nuestro Salvador y del gloriosísimo triunfo de su
misma Resurrección, y luego de su admirable Ascensión, cuando subió hasta
el trono de su Padre y del Espíritu Paráclito también; tras la efusión de
las lenguas de fuego sobre los apóstoles, los discípulos que El mismo había
elegido, iluminados con los rayos de la sabiduría e inspirados por la gracia
celestial, dieron a conocer con su predicación el nombre de Cristo por todas
partes, a los pueblos y naciones. Y entre el insigne número de aquellos, el
santo de admirable virtud, el bienaventurado por su vida, el maravilloso por
su virtud, el esclarecido por su ingenio, el brillante por su oratoria, fue
Santiago, cuyo hermano Juan
es conocido como evangelista y apóstol. Y a aquél, en verdad, le fue concedida
por obra divina, tanta gracia, que incluso el mismo Señor de la gloria inestimable
no desdeñó transfigurarse con su incomparable claridad sobre el monte Tabor
ante su vista, y en presencia también de Pedro
y Juan, verídicos testigos.
El, pues, mientras los otros iban a diversas regiones del mundo, llevado a
las costas de España por voluntad de Dios, predicando enseñó la divina palabra
a las gentes que allí vivían y la tenían por patria. Y habiéndose detenido
allí algún tiempo, mientras fructificaba entre espinas la pequeña semilla
que quería recoger entonces, se cuenta que confiado en Cristo eligió siete
discípulos, cuyos nombres son estos: Torcuato, Segundo,
Indalecio, Tesifonte, Eufrasio, Cecilio, Hesiquio, para con su ayuda
extirpar de raíz, arrancándola, la cizaña, y confiar en condiciones más favorables
la semilla de la divina palabra a una tierra que permanecía estéril de largo
tiempo.
Y al acercarse su último día se dirigió rápidamente a Jerusalén, de cuyo amical
consuelo no se privó a ninguno de los citados discípulos. Y mientras una perversa
muchedumbre de saduceos y fariseos lo rodea, le plantea, seducida por la vieja
astucia de la serpiente, innumerables problemas sobre Cristo. Pero inspirado
por la gracia del Espíritu Santo, su elocuencia no es superada por nadie;
por lo que la rugiente ira de aquélla se exacerba incitada con mayor violencia
contra él. Y con el estímulo del odio hasta tal punto se enciende y enloquece,
que es cogido por la cruel injusticia y vehemencia de los iracundos, y es
llevado a presencia de Herodes para recibir la
muerte. Y condenado por una encarnizada sentencia de muerte, y bañado en el
charco de su rosada sangre, coronado con triunfal martirio, vuela al cielo,
laureado con inmarcesibles laureles.
Sus discípulos, apoderándose furtivamente del cuerpo del maestro, con gran
trabajo y extraordinaria rapidez lo llevan a la playa, encuentran una nave
para ellos preparada, y embarcándose en ella, se lanzan a la alta mar, y en
siete días llegan al puerto de Iria (1),
que está en Galicia, y a remo alcanzan la deseada tierra. Y no se ha de dudar
que entonces dieron al Autor de las cosas muchísimas gracias y entonaron las
merecidísimas alabanzas, tanto por tan gran beneficio como Dios les había
concedido, cuanto porque habían evitado sin daño alguno los ataques de los
piratas, los peligrosos choques con los escollos y las negras simas de las
encrespadas olas. Así, pues, confiados en tal y tan grande protector, dirigen
sus pensamientos a las demás cosas necesarias para sus fines e intentan descubrir
qué sitio había elegido el Señor para sepulcro de su mártir.
Emprendida, pues, la marcha hacia oriente, trasladan el sagrado féretro a
un pequeño campo de cierta señora llamada Lupa
(2), que distaba de la ciudad unas cinco
millas, y lo dejan allí. Inquiriendo quién era el dueño de aquel terreno,
lo averiguan por indicación de unos nativos y procuran vehemente y ardientemente
encontrar a la que buscaban. Yendo, por último, al encuentro de la mujer a
hablar con ella, y contándole el asunto tal como se desarrolló, le piden que
les dé un pequeño templo en donde ella había colocado un ídolo para adorarlo,
y que era también muy concurrido por los descarriados creyentes de la absurda
gentilidad.
Y aquélla, nacida de nobilísima estirpe, y viuda por intervención de la suerte
suprema, aunque se había entregado sacrílegamente a la superstición, no olvidando
su nobleza, renunciaba al matrimonio con los que pretendían, tanto nobles,
como plebeyos, para que una especie de adulterio no manchase su primer tálamo
conyugal. Y considerando ella constantemente sus palabras y su petición, antes
de dar respuesta alguna, medita en lo profundo de su corazón de qué manera
los entregará a una cruel muerte, y les contesta, por último, ensañándose
hipócritamente: "Id, dijo; buscad el rey que vive en
Dugio (3), y pedidle un lugar para disponer
la sepultura a vuestro muerto".
Obedeciendo sus indicaciones, unos velan con el ritual funerario el cuerpo
del apóstol en un lugar, y otros llegan lo más rápidamente posible al palacio
real, y conducidos a presencia del rey le saludan según la etiqueta regia,
y le cuentan en detalle quiénes y de dónde son y por qué habían venido. El
rey, pues, aunque al principio de su exposición les oía atento y benévolo,
sin embargo, atónito por un increíble estupor, dudando qué había de hacer
e inspirado por diabólica sugestión ordena, en el colmo de la crueldad, que
ocultamente se les prepare una emboscada y que se mate a los siervos de Dios.
Pero, no obstante, descubierto esto por voluntad de Dios, marchándose secretamente,
escapan huyendo con rapidez.
Cuando se informó al rey de su fuga, conmovido por enconadísima ira, e imitando
la ferocidad de un león rabioso, con los que estaban en su corte persigue
pertinazmente el rastro de los fugitivos siervos de Dios. Y como ya hubiese
llegado al extremo de estar a punto de ser muertos a manos de los empedernidos
perseguidores, atraviesan, inquietos éstos, tranquilos aquellos, un puente
sobre cierto río, y en un solo y mismo momento, por súbita determinación de
Dios omnipotente, se resquebrajan los cimientos del puente (4)
que atravesaban, y se desploma desde lo alto a lo profundo del río, completamente
derruido. Y así el ponderado juicio del Rey Eterno decretó que ni uno tan
sólo de toda la turbamulta de perseguidores sobreviviese para contar en el
palacio del rey lo que había sucedido.
Los santos varones, pues, volviendo la cabeza al ruido de las armas y piedras
que se desplomaban, ensalzan las grandezas de Dios dignas de ser pregonadas,
al ver los cuerpos de los magnates y sus caballos y arreos militares rodar
miserablemente bajo las aguas del río, de la misma manera que en otro tiempo
lo había experimentado el ejército faraónico. En consecuencia, ayudados y
salvados por la auxiliadora diestra de Dios, y animados y enardecidos por
aquel suceso, recorren el salvador camino hasta la casa de la citada matrona
y le muestran cómo la exasperada determinación del rey había querido perderles
con la muerte, y lo que Dios había hecho contra él para su castigo.
Luego, con insistentes ruegos, le piden que ceda la precitada casa dedicada
a los demonios, para consagrarla a Dios. Le aconsejaban e insistían que rechazase
aquellos ídolos artificiales que ni podían aprovecharle a ella, ni dañar a
otros, ni ver con los ojos, oír con los oídos u oler con la nariz, y que no
se servían en absoluto de ninguno de sus miembros. Y su mente conmovida porque
ante el hundimiento del rey en el río temía por la muerte de sus parientes
y allegados, y por esto incapaz como suele suceder en las cosas humanas, de
una sana determinación, tramaba una burda estratagema, simulando, frente a
la opinión corriente, no considerarlos como embaucadores.
Mientras ellos la urgían con sus ruegos con mayor vehemencia todavía, a que
suministrase parte del pequeño predio para enterrar el cuerpo del santísimo
varón, ideada una nueva y desusada estratagema, creyendo poder matarlos con
algún engaño, habló de esta manera: "Puesto que, dijo,
veo vuestra intención tan decididamente inclinada a eso, y que no queréis
desistir de ella, id y coged unos bueyes mansos que tengo en un monte, y acarreando
con ellos lo que os parezca de más utilidad y cuanto necesitéis, edificad
el sepulcro. Si os faltasen alimentos, procuraré liberalmente dároslos a vosotros
y a ellos".
Oyendo esto los apostólicos varones y sin percibir la hipocresía de la mujer,
se marchan dando las gracias, llegan al monte y descubren algo distinto que
no esperaban. Pues al pisar los linderos del monte, de pronto un enorme dragón,
por cuyas frecuentes incursiones se hallaban entonces desiertas las viviendas
de las aldeas próximas, saliendo de su propia guarida, se lanza, echando fuego,
sobre los santos varones que ardían en amor de Dios, dispuesto a atacarlos
y amenazándolos con la muerte. Mas acordándose ellos de las doctrinas
de la fe (5), oponen impávidamente la defensa
de la cruz, le obligan a retroceder haciéndole frente y, al no poder resistir
el signo de la Cruz del Señor, revienta por mitad del vientre.
Y terminado este encuentro, levantando los ojos al cielo dan la gracias al
Sumo Rey desde lo más hondo de su corazón. Finalmente, para arrojar de allí
completamente la multitud de demonios, exorcizan el agua y la esparcen sobre
todo el monte por todas partes. Este monte, pues, llamado antes
el Ilicino (6),
como si dijéramos el que seduce, porque con anterioridad a aquel tiempo sostenían
allí el culto del demonio muchos hombres malhadadamente seducidos, fue llamado
por ellos Monte Sacro (7),
es decir, monte sagrado.
Y al ver desde allí corretear los bueyes que arteramente se les había prometido,
los contemplan bravos y mugientes, corneando el suelo con su elevada testuz,
y golpeando fuertemente la tierra con las pezuñas. Y de pronto, mientras corriendo
unos tras otros por la dehesa representaban una cruel amenaza de muerte con
su peligrosísima carrera, tanta mansedumbre y lentitud se apoderó de ellos,
que los que al principio se acercaban corriendo para ocasionar una catástrofe
impulsados por su atroz bravura, luego con la cerviz baja confían espontáneamente
su cornamenta en manos de los santos varones.
Los portadores del santo cuerpo, acariciando a los animales que se habían
convertido de salvajes en dóciles, sin tardanza les colocan encima los yugos
y, marchando por el camino más recto, entran en el palacio de la mujer con
los bueyes uncidos. Ella, ciertamente, estupefacta, reconociendo los admirables
milagros, movida por estas tres evidentes señales, se aviene a su petición,
y perdida su insolencia, tras haberles entregado la pequeña casa y haberse
regenerado con el triple nombre de la fe, se convierte en creyente del nombre
de Cristo con toda su familia. Y así, instruida por inspiración de Dios en
las verdades de la fe, destruye y rompe resueltamente los ídolos que antes,
engañada por su fantástico error, había adorado humilde y sumisa, y derriba
deshace los templos que en sus dominios había. Y cavado profundamente el suelo,
tras haber sido aquellos destruidos y convertidos en menudo polvo, se construye
un sepulcro, magnífica obra de cantería, en donde depositan con artificioso
ingenio el cuerpo del apóstol. Y en el mismo lugar se edifica una iglesia
del tamaño de aquél que, adornada con un altar, abre una venturosa entrada
al pueblo devoto.
Instruídos después de algún tiempo los pueblos en el conocimiento de
la fe por los discípulos del apóstol, al fructificar primeramente los campos
regados por el celestial rocío, en poco tiempo creció la fecunda mies multiplicada
por Dios. Dos discípulos del maestro, mientras por reverencia hacia él vigilan
incesantemente el citado sepulcro con gran cariño como celosos guardianes,
al pagar su deuda a la Naturaleza, llegado el incierto término de la vida,
exhalaron su espíritu con venturosa muerte, y alegremente llevaron su alma
al cielo. Y no abandonándolos su egregio maestro, logró por gracia divina
colocarlos con él, en el cielo y en la tierra, y revestido con purpúrea estola
y adornado con una corona, brilla con sus discípulos en la corte celestial
él, que no abandonará a los desgraciados que se acojan a su inefable protección.
Con el auxilio de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, cuyo reino e imperio
dura eternamente por los siglos de los siglos. Así sea.
(1) |
Iria
Flavia del itinerario de Antonino,
el actual Padrón a 20 kms. de Santiago sobre el Sar y próximo a la confluencia de este río con
el Ulla. El nombre de Iria parece precéltico
(ligur para Schulten o quizá ibérico).
La ciudad romana era ya obispado antes de los suevos; mas al ir pasando
la capitalidad de la dióciesis a Compostela, desde el descubrimiento
del sepulcro del Apóstol bajo el Obispo
Teodomiro, la iglesia de Iria se
tituló segunda catedral y con el tiempo pasó a colegiata
y en el siglo XIX a parroquia, que conserva su antiguo nombre. "La
barca portadora del cuerpo del Apóstol, cuenta la tradición
que al arribar al muelle de Iria fué
atracada a una columna o "padrón"
de piedra que dió nombre a la villa. El lugar conservó
el nombre de "Barca", e inmediato
a él se edificó la iglesia parroquial de Santiago, que
... guarda el "padrón"
bajo el alatar mayor. Es piedra romana con epígrafe, que ha sido
leído como una dedicatoria a Neptuno. La piedra en que al desembarcarle
despositaron el cuerpo los díscipulos del Apóstol, fué
arrojada al río para evitar, según dicen, que la deshicieran
los peregrinos a fuerza de arrancarle fragmentos".
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(2) |
Acerca de Lupa
o Luparia (así en el texto latino),
sobe el llamado "Castro Lupario" o
de Francos donde la tradición supone su morada, situado en un
monte en ruinas antiguas a la derecha de la carretera de Santiago a
Padrón y a casi medio camino, junto al lugar del Faramello.
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(3) |
Dungium
en el original, según López Ferreiro,
"ciudad marítima al N. del Cabo
de Finisterre, hoy casi completamente cubierta por el mar, pero
de la cual aún se ven algunos indicios cerca del
arenal de Langosteira, entre las parroquias de San
Vicente y San Martín de Duyo,
no lejos de Corcubión",
que conserva todavía el viejo nombre.
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(4) |
López
Ferreiro estudia la localización
de este puente y dice que estaba entre las parroquias de Ons
y Negreira sobre el Tambre, y que la tradición
le da el nombre del "Puente Pías"
por los pilares que de él quedaron (del gallego pía,
piar o pear "pilar").
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(5) |
Alusión
a San Marcos, 16, 18: "A
los que creyeren les acompañarán estas señales:
en mi nombre echarán demonios... tomarán en las manos
las serpientes", etc.
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(6) |
En el texto
latino: antea vocitatus ilicinus, quasi diceretur
iliciens, o sea que se supone derivado el nombre del monte del
vervo ilicio "atraer
con halagos, seducir" pero López
Ferreiro lo cree "derivado sin duda
de ilex la encina" y significaría "monte
del Encinal" o Encinar. El mismo autor interpreta el suceso
del dragón como la aparición de una serpiente, relacionada
quizá con un posible culto druídico. F.L.
Cuevillas y F. Bouza Brey presumen
que hubiera allí un culto ofiolátrico, cuyo numen fuera
una serpiente o de esta forma (Os Oestrimnios,
os Saefes e a Ofiolatría en Galiza).
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(7) |
El Pico
Sagro o Sacro, "la
cumbre más bella y simbólica de Galicia",
que dice Otero Pedrayo, monte de forma
cónica que yergue su aislada y fina silueta sobre el Valle
del Ulla dominando todos los paisajes de la comarca, a unos 15
kms. de Santiago por la carretera de Orense. Se discute la posibilidad
de que sea el mons sacer que mencionan
Justino en su compendio de Trogo
(Historiae Philippicae, libro XLIV), rico
en oro que sólo era lícito recoger cuando lo descubría
el rayo, por ser tabú tocar con hierro al monte. En la cumbre
del Pico hubo una capilla dedicada al Apóstol,
un monasterio y un castillo medievales y aparecen restos más
antiguos, y quedan hoy la ermita románica
de San Sebastián y una cueva con un pozo bastante profundo
y antes más, que se cree pudiera haber sido la entrada de una
mina.
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