Lección del Santo Evangelio según San
Mateo. En aquel tiempo, habiendo llamado Jesús a sus doce discípulos,
les dio poder sobre los espíritus impuros para arrojarlos y para curar toda
enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce apóstoles son éstos: el
primero Simón, llamado Pedro,
y Andrés su hermano; Santiago
el de Zebedeo y Juan su hermano; Felipe
y Bartolomé, Tomás
y Mateo el publicano; Santiago
el de Alfeo y Tadeo, Simón
el Cananeo y Judas Iscariote, el que le
traicionó, etcétera.
Sermón del San Jerónimo(1),
doctor, sobre esta Lección. Al considerar las venerandas solemnidades
apostólicas, amadísimos hermanos, vamos a ver de llevar a vuestros corazones
con nuestra exposición esta lección evangélica. Benigno y misericordioso nuestro
Señor y Maestro, no regatea su virtud a sus siervos y discípulos, sino que
como El mismo había curado toda enfermedad y toda dolencia, así concedió también
a sus apóstoles poder para curar toda dolencia y toda enfermedad. Pero hay
gran distancia entre el tener y el conceder, entre el dar y el recibir. Todo
lo que El hace lo hace con potestad de Señor; ellos si hacen algo confiesan
su impotencia y la virtud del Señor al decir: "En el
nombre de Jesús levántate y anda". Y debe observarse que se concede
a los apóstoles poder milagroso hasta el duodécimo lugar. "Los
nombres de los doce apóstoles son éstos". Se da la lista de los apóstoles
para que sean excluidos de entre ellos los futuros seudoapóstoles. "El
primero Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano". Su orden y el mérito
de cada cual sólo podía repartirlos Aquel que penetra los secretos del corazón.
Figura el primero Simón, el que tenía por sobrenombre
Pedro para distinguirlo del otro Simón,
llamado el Cananeo por la aldea de Caná de Galilea,
donde el Señor convirtió agua en vino. También llama a Santiago
el de Zebedeo, porque viene luego otro Santiago
de Alfeo, y asocia a los apóstoles por parejas. Une a Pedro
con Andrés, su hermano más que por la carne por
el espíritu; a Santiago y a Juan,
porque dejando a su padre corporal siguieron al verdadero Padre; a Felipe
y a Bartolomé, a Tomás
y a Mateo el publicano. Los demás evangelistas
ponen en la serie de los nombres a Mateo antes
que a Tomás y no le dan el sobrenombre de publicano
para que no parezca que le insultan recordando su antigua profesión. Mas él,
como hemos dicho, se pone detrás de Tomás y se
llama el publicano, para que "donde abundó el pecado
sobreabundase la gracia". Simón el Cananeo
es el mismo que en otro evangelio es llamado el Celador,
porque Caná se traduce por celo. Y del apóstol Tadeo
cuenta la Historia eclesiástica que fue enviado a Edesa al rey Abgaro
de Osroene, y el evangelista San Lucas
le llama Judas de Santiago y en otro lugar es
llamado Lebeo, que se traduce por corazoncito.
Y hemos de creer que tuvo tres nombres, como Simón Pedro
y los hijos de Zebedeo fueron apellidados
Boanerges por la firmeza y magnitud de su fe.
En cuanto a Judas Iscariote, tomó el sobrenombre
o de la aldea en que nació o de la tribu de Isacar, como si hubiera nacido
con cierto vaticinio de su condenación, porque Isacar se traduce por paga,
para significar el precio de la traición.
"No toméis el camino de los gentiles ni entréis en ciudades
de los samaritanos; id más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel".
No es contrario este pasaje a aquel precepto que dice después: "Id
y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo
y del Espíritu Santo", porque aquello fue mandado antes y esto después
de la resurrección. Y convenía anunciar antes la venida de Cristo a los judíos
para que no tuviesen justa excusa y dijesen que habían repudiado al Señor,
porque había enviado a sus apóstoles a los gentiles y samaritanos. Metafóricamente
se nos manda a los que nos empadronamos con el nombre de cristianos que no
vayamos por el camino de los gentiles ni por los extravíos de los herejes,
para que a quienes separa la religión los separe también el camino. "Y,
yendo, predicad diciendo que se acerca el reino de los cielos. Curad a los
enfermos, resucitad a los muertos, limpiad a los leprosos, arrojad a los demonios.
Gratis lo habéis recibido, dadlo gratis". Para evitar que nadie creyera
a unos hombres rústicos y sin galas de elocuencia, indoctos e iletrados, que
prometían el reino de los cielos, les da poder para curar enfermos, limpiar
leprosos, expulsar demonios, a fin de que la grandeza de sus milagros probase
la de sus promesas. Y como siempre los dones espirituales si media precio
pierden valor, se añade la condenación e la avaricia. "Gratis
lo habéis recibido, dadlo gratis". Yo Maestro y Señor os he dado eso
a vosotros sin precio, dadlo también sin precio vosotros, para que no se corrompa
la gracia del Evangelio. "No llevéis oro ni plata ni
calderilla en vuestros cintos, ni alforja para el camino, ni dos túnicas,
ni calzado, ni vara en la mano. Porque el obrero es digno de su sustento".
Consecuentemente manda estos preceptos a los evangelizadores de la verdad,
a los cuales había dicho antes: "Gratis lo habéis recibido,
dadlo gratis". Porque si predican sin recibir salario, es superfluo
poseer oro, plata y calderilla. Pues si hubieran tenido oro y plata parecería
que predicaban no por la salvación de los hombres, sino por el lucro. "Ni
moneda en las bolsas". Quien acababa de suprimir las riquezas recorta
aún lo necesario para la vida, a fin de mostrar que los apóstoles, doctores
de la religión verdadera, que estaban dotados de toda prudencia, podían mantenerse
a sí mismo y no pensar en el día de mañana. "Ni alforja
para el camino". Con este precepto acusa a los filósofos llamados vulgarmente
bactroperitas, que despreciando el mundo y no importándoles nada por nada,
llevaban consigo una despensa. "Ni dos túnicas".
Con dos túnicas entiendo yo que se refiere a dos vestidos. Porque no es que
en tierras de la Escitia y en las cubiertas de helada nieve deba uno contentarse
con una sola túnica, sino que por túnica debemos entender un vestido y que
no llevemos uno puesto y otro guardado por temor de lo venidero. "Ni
calzado". Y mandó Platón que los dos extremos
del cuerpo no se cubrieran y que no debe uno hacerse delicado de cabeza y
de pies. Porque cuando estas partes se mantengan firmes, más fuertes serán
las demás. "Ni vara". Quienes tenemos la ayuda
del Señor, ¿por qué hemos de buscar la defensa de un bastón?. Y como en cierto
modo había enviado a predicar a los apóstoles desnudos y escoteros, y parecía
iba a ser dura la situación de estos maestros, templó la severidad de su mandato
con la sentencia siguiente: "Digno es el obrero de su
sustento". "Tomad –les dice- tanto cuanto os
sea necesario para vuestro alimento y vestido". Por lo que también
repite el Apóstol: "Teniendo alimento y vestido estamos
contentos con eso". Y en otro lugar: "Reparta
el catecúmeno todos sus bienes con el que le catequiza", a fin de hacer
partícipe en sus bienes corporales, y no avaramente, sino según las necesidad,
a aquel de quien los cosechan espirituales los discípulos. Esto lo decimos
objetivamente. Pero además en sentido figurado tampoco es lícito a los maestros
poseer el oro, la plata y la calderilla que está en los cintos. Con frecuencia
leemos oro por sentido, plata por palabra, cobre por voz. Estas cosas no podemos
recibirlas de otros, sino sólo poseer lo que nos ha dado el Señor, ni aceptar
las enseñanzas y doctrinas perversas de herejes y filósofos, ni agobiarnos
con el peso del mundo, ni tener doblez de espíritu, ni atarnos los pies con
trabas de muerte, sino marchar descalzos por el santo suelo; ni llevar vara
que pueda convertirse en serpiente, ni apoyarnos en recurso alguno de la carne,
porque semejante vara o bastón es de caña, y si la fuerzas un poco se rompe
y le traspasa la mano al que se apoya.
"En cualquier ciudad o aldea en que entréis informaos
de quién hay en ella digno y quedaos allí hasta que partáis". Acerca
de la ordenación del obispo y del diácono dice San Pablo:
"Conviene asimismo que tenga buena fama ante los de
fuera". Al entrar los apóstoles en una nueva ciudad no podían saber
quién era cada cual. Tenían, pues, que elegir huésped siguiendo la opinión
popular y el juicio de los vecinos, de modo que la dignidad de la predicación
no se manchase con la infamia de quien los acogía. Debiendo predicar para
todos conviene elegir un huésped que no haga un favor al que va a estar en
su casa, sino que lo reciba. Con esto está dicho que será digno quien más
entienda que recibe una gracia y no que la hace. "Y
al entrar en la casa saludad. Y si la casa fuere digna, sobre ella vendrá
vuestra paz; mas si no lo fuere, vuestra paz volverá a vosotros". Aquí
alude al saludo en hebreo y en siríaco, pues lo que en griego se dice jere
(alégrate) y en latín ave (ten salud), dícese
en hebreo y siríaco, respectivamente, salom lac
y salam alac, o sea, la paz contigo. Pero lo
que manda es esto: Al entrar en la casa pedid la paz para el huésped y en
cuanto esté en vosotros apaciguad las luchas y discordias. Mas si surgiere
alguna oposición, vosotros tendréis la recompensa de la paz ofrecida y ellos
se quedarán con la guerra que han querido tener. "Y
si no os recibieren ni escucharen vuestras palabras, saliendo de aquella casa
o de aquella ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies". Se sacude
el polvo de los pies en testimonio de su trabajo, porque han entrado en la
ciudad y la predicación apostólica ha llegado hasta allí; o se sacude para
no recibir nada, ni aun lo necesario para el sustento, de aquellos que han
despreciado el Evangelio. "En verdad os digo que más
tolerable suerte tendrá la tierra de Sodoma y Gomorra". Si Sodoma y
Gomorra tendrán más tolerable suerte que aquella ciudad que no acepte el Evangelio,
y más tolerable porque a Sodoma y Gomorra no les fue predicado, mientras que
a ella le ha sido predicado y sin embargo no lo ha recibido, es que también
son distintos los castigos entre los pecadores. Pues de tales castigos y de
todas las adversidades líbrenos con su inefable clemencia Jesucristo nuestro
Señor que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina Dios por los infinitos
siglos de los siglos. Amén.
(1) |
San Jerónimo
(345?-420) es como se sabe una de las más
fuertes personalidades de la Iglesia como hombre de ciencia y de acción,
y uno de los escritores más fecundos y originales del siglo de
oro de la literarura latina cristiana.
Los textos que aquí se le atribuyen total o parcialmente (caps.
X, XI, XII y XVI) provienen, salvo las fórmulas de introducción
y epílogo para adaptarlos a las circunstancias, del Comentario
al Evangelio de San Mateo.
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